Opinión: Maltrato infantil y resilencia

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En el presente artículo de opinión, el catedrático emérito de Psicopatología, Luis Jiménez Díaz, nos habla del papel del médico de Atención Primaria ante el maltrato infantil y de cómo estos especialistas deben asumir el protagonismo de su orientación y recuperación

Madrid, 15 de marzo 2010 (medicosypacientes.com)

El Colegio de Médicos de Salamanca ha abordado en el último número de su revista “Salamanca Médica” el problema del maltrato infantil y la necesidad de que el médico de Atención Primaria recupere su protagonismo y se haga responsable no sólo de la labor de identificación sintomática y remisión a otros servicios, sino de una forma integral abarcando la orientación y recuperación. Por su interés, reproducimos el artículo elaborado por el catedrático emérito de psicopatología, Luis Jiménez Díaz.

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MALTRATO INFANTIL Y RESILENCIA

Nuevos enfoques sobre el papel del sanitario de Atención Primaria en el maltrato infantil

A la vista de recientes estadísticas, tanto nacionales como internacionales que nos hablan de la presencia en población infantojuvenil de 1 cada 1000 menores en España o de 8,4 cada mil en EEUU en situaciones de maltrato infantil, y teniendo ello carácter progresivo, deberíamos pensar que cuantos medios se apliquen en el intento del control de estos desdichados estados van a resultar ineficaces e inútiles si nos basamos solamente en nuestros clásicos criterios clínicos de valoración sintomática. De esta forma, cuando se quieran aplicar las medidas oportunas de prevención, detección e intervención, se va a llegar tarde.

Y esto es cierto si se pretende aplicar el modelo tradicional clínico que actúa, en la mayoría de los casos tardíamente, basándose en síntomas ya francamente ostensibles, como en el caso del maltrato físico, aún más tardíamente en los de abandono, negligencia e incluso en los de abuso sexual, y no digamos en los casos de abandono o maltrato psicológico/emocional, que tienden a ocultarse. Máxime si el médico de familia, pediatra de atención primaria o su equipo no están especialmente avisados derivando de inmediato el caso, cuando se ha detectado tardíamente hacia otros estamentos sanitarios (Unidades de Salud Mental, Hospital, etc.), lo que hace perder eficacia al papel inmediato que estos profesionales deben tener en estos casos.

Últimamente, ante la gravedad de estas situaciones se ha planteado la necesidad de recuperar el papel protagonista que tanto el pediatra, el médico de familia, como el resto del equipo de atención primaria (enfermera, trabajador/a social) deben tener, como profesionales con el privilegio y la responsabilidad de, al estar en inmediato contacto con el entorno de sus pacientes, conocer las circunstancias fundamentales que tanto a nivel individual como del entorno (familiar, social, etc.) se dan en cada caso. Con lo que, sobre este tipo de situaciones problemáticas, el papel que cada día se le atribuye más es el de adquirir un protagonismo total sobre las medidas de prevención y detección precoces necesarias haciéndose cargo de su orientación y recuperación.

Nadie como estos profesionales deberá conocer las condiciones personales de riesgo y vulnerabilidad, así como de capacidad superadora ante las contingencias adversas que sus clientes infantojuveniles o la propia familia tienen. Y si no es así, debería serlo porque se ha demostrado que con la utilización de esos conocimientos adecuadamente pueden asumir plenamente la capacidad de recuperación de estos estados de maltrato/abuso infantojuvenil, salvo circunstancias especiales que hagan aconsejable otra orientación.

En la década de los 70-80 y a lo largo de dos décadas, una psiquiatra americana, la Dra. Werner, estuvo haciendo en Hawai el seguimiento de una población de 700 niños cuyas condiciones vitales ( salud, económicas , bajo nivel educativo, marginación, etc.) eran adversas sospechando razonablemente que el desarrollo de las mismas sería negativo, tanto en el campo de la conducta, aprendizaje, promoción social, etc. Se encontró con la sorpresa que a pesar de las expectativas negativas, un porcentaje elevado, aproximadamente un tercio, no sólo no quedaban marcados por la adversidad temprana sino que superaron todas las expectativas previstas en el curso de su vida.

De ahí que junto a la Dra. Werner, otros autores, Rutter, Vanistendael, Barudy, Cyrulnik, empezaran a aplicar un concepto físico, el de “resiliencia” -flexibilidad, elasticidad del acero o cuerpos sólidos- al del comportamiento humano, considerándolo, en este caso, como la capacidad que tiene el sujeto, en este caso niños, en condiciones adversas e incluso límites, no solamente de enfrentamiento a dichas circunstancias sino de superación de las mismas y acceso a cotas vitales altas, en el plano personal, profesional, social, etc.

A partir de ahí se empezó a buscar la respuesta del porqué ciertos sujetos sometidos a la misma situación traumática (estrés, grandes accidentes, guerras, genocidios, inmigración, maltrato, etc.) son capaces de superar estas situaciones, en ocasiones límites, y otros no. De donde surgió el concepto de sujeto RESILIENTE, luego aplicado a la familia o a la propia comunidad.

El sujeto resiliente está adornado de una serie de capacidades, no necesariamente innatas, entre las que podemos destacar la autorregulación y/o el autocontrol, la capacidad de asumir responsabilidades, la capacidad de relacionarse con los demás, la de construir su futuro, y un conjunto de actitudes como la visión positiva de la vida, la aceptación de uno mismo tal cual es de imperfecto y de la realidad de la vida, una clara postura a la búsqueda de soluciones y finalmente algo que es fundamental a los efectos de su recuperación como es el encuentro de un apoyo social suficiente, sobre el que sustentar dichas capacidades y actitudes. Y se me preguntará ¿y todo esto a qué viene?, lo que tiene sencilla respuesta.

Cada día se pide más, en los medios científicos que se ocupan de aspectos de prevención y detección de las situaciones traumáticas vitales, como puede ser el maltrato infantojuvenil, del profesional de Atención Primaria y su equipo que se hagan responsables no sólo de la labor de identificación sintomática y remisión a otros servicios, si no que, a la vista de esa capacidad de conocimiento inmediato de todas las circunstancias individuales y familiares del caso, que asuma el protagonismo de su orientación y recuperación. Para lo cual es imprescindible tengan en cuenta que en cuantos casos puedan llegar a sus manos de sospecha o certeza de maltrato infantil, tanto en el individuo como en la propia familia pueden existir cualidades de resiliencia – o sea de recuperación al trauma- fáciles de obtener por el equipo (entrevistas, observación, etc.), y de desarrollar a través de programas que estimulen dichas capacidades y actitudes propias de la personalidad o familia resiliente. En este momento habrá adquirido el equipo de Atención Primaria el protagonismo que en ningún momento debería haber perdido.

La importancia del tema es tal que el Colegio de Médicos de Salamanca con la Asociación de Psicopatología Infantojuvenil han organizado una Jornada de Actualización Médica sobre Maltrato Infantil, para el día 24 de Marzo, miércoles, en la que participarán los especialistas más documentados que sobre el tema hemos localizado existen en nuestro país (Dr. Martín Álvarez, Dr. F. Malmierca, Dr. Pedreira Massa, Dra. Sonsoles Castro, Dr. Jesús García Pérez) a la que se invita a cuantos interesados estén en el tema.

Luis Jiménez Díaz
Catedrático emérito de Psicopatología

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